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Este artículo tiene dos partes, ya que Ángel Y Pablo han unido sus enfermas mentes para tratar un tema que tocará las fibras sensibles de mucha gente...

¡El maravilloso mundo de las cintas magnéticas!


Ángel dice...

Clubs de juegos. Así se llamaban aquellos grupos pseudo-clandestinos de personas de todas las edades que emulando a los hackers americanos y revienta-cabinas de los 70 formaban clanes de intercambio de cintas con juegos grabados. En el poderoso lomo de una cinta TDK de 90 e incluso 120 minutos leías: “CARA A: green beret(0-156), gold rush (157-301), manic miner(302-458),…”. Podías tener veintitantos juegos en una sola cinta, y podías tener varias cajas de zapatos llenas de estas cintas. Recuerdo programas de radio en los que te ponían los cargadores de los juegos para que te los grabaras. Eran otros tiempos. Si no fijense en este título imprescindible de la época en la que las sintonías de las series infantiles eran de rock duro...

Ni la SGAE ni MICROSOFT habían tomado el control del mundo dominándonos cruelmente con un puño de hierro lleno de abogados. En este caso me considero muy precoz, ya que con solo 25 años tengo unos recuerdos nítidos sobre estos tiempos ochentenos. Que grandes momentos… Aquellos juegos obras maestras del software español con aquellas portadas dibujadas por Azpiri…

 

Pero el sueño se esfumó, ya lo dijo Lennon: “The dream mis over”. Llegaron los cartuchos y las cintas murieron. Ya ni siquiera las utilizaban los niños para grabar “programas de radio simulados”, y de repente se perdió la costumbre de “grabar una cinta para alguien”. Según para quien fuera la hacías de una manera, pero siempre queriendo dejar claros tus conocimientos psicológicos y musicales al mismo tiempo. Si el video mató a la estrella de la radio, el CD destruyó un mundo de cajas de zapatos llenas de cintas de 90. Frases míticas dejaron de escucharse sin previo aviso: “déjame tu walkman para rebobinar que casi no me quedan pilas”, “hijo, las cintas de 90 joden los cabezales”, “voy a ver si la empalmo que se me ha jodido en el cassete del coche”, “no te dejo más cintas que siempre me las devuelves con cortes”… El vinilo al final acabó volviendo como objeto de culto, los djs lo utilizaban y los coleccionistas gafapastas se masturbaban recorriendo sus surcos con la mano como si escucharan música en braille. Pero ya no había sitio para las cintas. Los equipos de música empezaron a llegar con una sola pletina, e incluso sin ella. El intercambio desapareció gracias al Emule. La enorme Micromania de tamaño periódico se convirtió en una copia gay de la Newsweek y el mundo se convirtió en un lugar maldito y cruel…

 

Hagan una prueba. Vayan a esa caja de zapatos que todos tenemos y miren las cintas que guardan. Seguro que se llevan alguna sorpresa…

Ángel, el último romántico... Todavía conservó 30 Micromanías...

 

Pablo dice...

El futuro, el progreso. Se llama así al fenómeno que convierte en basura todos los objetos a los que les tenemos cariño y nos obliga a gastarnos más del doble en comprarnos uno nuevo. Con un poco de suerte, algunos se convierten en objetos de coleccionista y se pueden revender en eBay, pero la mayoría se van al cajón con  los peluches y el traje de comunión. La sociedad siempre deja de lado a muchos objetos con mucha historia  simplemente porque no gustan al diseñador de turno, pero creo que junto con la botella de butano, otro objeto que merece ser recordado son las cintas (casetes)... ¡y el walkman!

Antes de existir Internet, fueron la primera forma de piratería permitida. Aunque mucha gente no lo sepa, tenían un canon en su precio y a todo el mundo le daba igual. A la SGAE de ese tiempo no le importaba q todo el mundo se grabara las cintas que fuera necesario, porque según ellos, se perdía calidad  en el sonido… si, si, claro.

Todo lo que  conllevaba grabar una cinta, tenía a su alrededor un universo cultural enorme. Claro, el disco o el CD que comprabas nunca duraba exactamente lo mismo que el cassete, así que había que discutir que canción se quitaba…y si sobraba espacio, también había que decidir si se metía canciones de relleno que no estaban en otras grabaciones, o meter dos o tres sueltas de un grupo que no te gustaba mucho.

Sobra decir que se mimaban mucho más que los CDs, porque había que escribir en el papelito que llevaban a la espalda la lista de canciones, sobre todo cuando no había solo un disco en ellas. Ese espacio de papel daba rienda suelta a la creatividad de muchos y yo tenia amigos que hacían auténticas obras de arte en las cajas de las cintas. Ponían el título en colores, dibujos relacionados con el grupo e incluso quemaban un poco el papel para molar más. Si el grupo  era heavy, pues muchas calaveras, rayos y hachas…. Y si era Alejandro Sanz, rotuladores rosas y corazones.

Otro punto importante del universo del cassete, eran los popurris, o cintas variadas. Hay una película basada en eso, lo juro. Si te ibas de viaje, hacías una recopilación especial para no tener que llevar a cuestas toda la discografía. Tomar la decisión sobre que canciones poner, llevaba tiempo y se discutía hasta en el bar con los amigos…. y con la novia, por supuesto. También estaban las cintas “declaración de amor” que se le grababan (gratis) a la persona que te gustaba, para meterla en tu mundillo, o para enseñarle lo guay que eras. Si te devolvía la cinta rebobinada, mal rollo. O era sorda (lo cual no es malo) o tonta, o bakala.

La versión más artesanal de los popurrís, era grabarlos directamente de la radio, sintiendo que se hacía algo todavía más delictivo que simplemente copiar desde el disco o el CD. Esto requería de mucha habilidad para esquivar la publicidad o la voz del locutor de los 40 principales. Había gente que lo debaja ambas cosas en la grabación, “porque así parecía que escuchaban la radio”. En fin, también hay gente a la que le va el sado-maso. En los países subdesarrollados grabar de la radio era una práctica habitual. Conservo una cinta de “éxitos originales de Iron Maiden” comprada en un viaje al extranjero, donde unas voces que yo creía pertenecer al estribillo, eran cuñas de la radio de aquel país para evitar la piratería. Estuve 2 meses oyendo mensajes subliminales del Joaquín Luque irlandés sin darme cuenta.

Para hacer las recopilaciones, como ya he dicho, se podía tirar de la discografía propia o bien ir pidiendo a todos los conocidos que te grabaran cintas con sus discos. Esto potenciaba la amistad y de paso permitía ver quién era de fiar y quién no. De hecho, creo que aún sigo esperando que un colega del instituto me pase dos cintas de Rosendo que le encargué para llevarme al viaje de fin de curso. Edu, allá donde estés, ¡¡devuélveme las cintas, cabrónnnnnnnn.!!

Este intercambio de las cintas como si fuesen cromos, también se producía dentro de las familias. Todo hermano pequeño ha heredado las cintas viejas del mayor y normalmente las respeta, las venera, le sirven para meterse el mundillo de la música  y de paso para rascarse el bolsillo y aportar algo a la fonoteca de la casa. Sin embargo, el descuido o simplemente la mala-hostia, llevaban a peleas entre hermanos que ya quisieran en Falcon Crest. El día que  descubrías que alguien había grabado su voz, la radio o cualquier mierda encima de una de tus cintas favoritas, la sangre estaba asegurada. Cada vez que recuerdo oír Bon Jovi, donde antes estaban mis canciones de Nirvana, me vuelven las ganas de matar a mi hermano…pobre Kurt Cobain

Asociado a las cintas estaba otro gran invento que ha caído también en desuso. Estoy hablando del mítico walkman. Este aparato no cabía en el bolsillo de cualquier pantalón como los MP3 de ahora y había que meterlo por dentro del abrigo o cogerlo a la cintura de los pantalones, poniendo por encima la camiseta o  el jersey. En una ciudad como la mía, no hacer esto suponía que gente poco recomendable detectara que llevabas algo de valor desde grandes distancias. Mal asunto, porque correr con el walkman no era muy elegante y se era presa fácil.

 Asociado a los viajes en autobús estaban siempre las cintas y el walkman, por si no se quería escuchar la película o la música que ponía el conductor… y es que a algunos no nos gustaban las películas de Disney o los grandes éxitos de Jose Luis Perales. Esto permitía también hacer nuevos amigos ( y amigas) en el viaje, porque compartiendo los cascos, se creaba un bonito vínculo de amistad, aparte de un claro inicio de sordera aguda.

 La poca duración de las baterías del walkman obligada a llevarse a los viajes largos una mochila supletoria con 6 docenas de pilas AA, o bien, usar la primera solución española para  el ahorro de energía tras el invento de los cirios. El modesto lápiz servía para rebobinar las cintas o para pasar la canción que nunca nos gustaba sin miedo a gastar las pilas.  Había ratos en los que todo el autobús parecía abducido por una secta extraña, que obligaba a darle vueltas a la cinta con el lápiz, a modo de carraca.

Los más atrevidos (generalmente los del walkman nuevo) usaban los botones REW y FF. FF no significa “flecha-flecha”, ni “fiu-fiu”, como insistía un repetidor de mi clase señalándome el dibujito que llevaba al lado. Significaba “fas –forguar”, o “rápido hacia delante” en la lengua de Cervantes. Defender esta idea y dejar en ridículo al repetidor casi me cuesta un par de hostias en el viaje a Toledo. Rewind, o “reu”, como le decía mi yayo, hacía lo contrario, porque las flechas apuntaban para el otro lado, lógicamente. Usarlas significaba agotar una pila en cosa de 10 minutos y quedarse sin música por hacerse el chulo.

La solución desesperada para esta pobre gente, era usar a la vez el play+FF. Cuando quedaba poca batería, prolongaba la vida útil de las pilas 10 minutos más, sin cambios apreciables en  la velocidad. Si se optaba por no hacer esto, el walkman agonizaba lentamente y la música se ralentizaba hasta el punto de  convertir a todo grupo conocido en una parodia de Barry White, con palabras que podían durar incluso 10 segundos… inolvidable. La versión contraria (y satánica) era pulsar los dos botones cuando las pilas estaban  a tope. Aparte de ser gracioso de cojones, cualquier canción sonaba a “Los pitufos le cantan a Satán, tras meterse 20 rayas”. Eso si era música demoniaca y  no había que joder ningún disco poniéndolo al revés.Entrañables e insuperables, como todo lo analógico, así eran las cintas. Si se rompían se podían reparar con unas pinzas y papel de de celofán ( en cada grupo de amigos, había un artesano) y fueron los primeros discos duros portátiles, donde podían meterse también…. ¿¿juegos del Amstrad!! Ni USB , ni nada. No olvidaremos.

 Pablo Luté. Hermano, no olvido que me jodiste mi cinta de Nirvana.

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