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Los años 80. Más allá de los
Grises, la familia Alcántara y los sofás de sky (ejcái en La Mancha) en
la mente de todos los ciudadanos hay un lugar para la Nocilla. No voy a
hablar de las maravillas de la crema esa que decían que tenía chocolate
porque soy del reducido grupo de personas a las que no les gustaba nada
de nada. ¿Soy el único al que le recordaba a la diarrea? ¡¡Referéndum
ya!!
El motivo de este artículo
es hablar del bien indirecto que se obtenía de tener unos hijos que
alimentaban sus michelines y coronarias de la mierda esta. Me refiero a
los millones de vajillas que se consiguieron en toda España gracias a la
forma de vaso que tenía el frasco maldito.

¿Casualidad o técnica
comercial? Yo creo que se juntó el tradicional síndrome de Diógenes que
tienen todas las abuelas por guardar cualquier cosa que tenga forma de
bote con el descubrimiento casual por parte de algún trabajador de la
Compañía. Aquel hombre, segundos antes de morir enterrado en todos los
frascos de tomate en conserva y queso en aceite que su yaya había hecho
“por si pasaba los del 36”, descubrió que la venerable anciana y sus
vecinas, sustituían los vasos rotos con los frascos vacíos de la Nocilla
(de los cojones)

En realidad llegó tarde a
esa moda y además sus jefes tardarían en tomarle en serio. En aquellos
momentos, los vasos-Nocilla habían invadido todos los hogares españoles
y seguramente habían hecho quebrar bastantes fábricas de cristal. En mi
casa se lleva sin comprar la crema de cacao esa desde hace unos 15 años
y aún me encuentro el vasos de aquella época que resisten el paso del
tiempo mucho mejor que los de la vajilla de los domingos.

Además esto no era exclusivo
de casas donde había niños que querían merendar, no señor. Las parejas
jóvenes que empezaban una nueva vida unidos por el amor y la hipoteca
saqueaban las casas de sus madres y se llevaban todos los vasos de
Nocilla, para ahorrarse todo el dinero que costaba una vajilla en una
tienda. Con esto se conseguía también un toque underground (cutre-molón)
y progresista, muy de moda en aquellos tiempos. Con unos vasos para
echar cubatas, ya se era un ciudadano echo y derecho. Por cierto, alguna
maniobra demoníaca hacía que en esos vasos cupiera e-x-a-c-t-a-m-e-n-t-e
un tercio de cerveza… casualidad otra vez?
Cuando esta costumbre era ya
un fenómeno social, desde la empresa fabricante, pusieron anuncios en
las etiquetas y en la televisión para recordarle a algún despistado que
se podían ahorrar unas pelas y quedar modernos reutilizando los vasos de
la Nocilla. Esto sirvió aumentar sus beneficios todavía más y para que
algún subnormal muriese intoxicado intentando regalarle a su novia un
juego de vasos para el pisito. Para hacer más atractiva esta oferta,
muchos de los nuevos modelos tenían dibujos grabados para darle un
toque nuevo a la vajilla da cada uno y no tener todos los vasos iguales
en el país.

Cuando una pareja salía
adelante y tenían un mayor estatus económico se compraban una vajilla
normal y se llevaban los vasos que tanto colesterol habían aportado a
sus hijos a la casita del pueblo o a la de la playa. Esto había que
decirlo en la carnicería lo más alto posible, para que todas las del
barrio se enteraran de lo rico que se era. Seguramente hubo gente que
se compró una casa a propósito con la excusa de poder cambiar de vasos…o
viceversa. Incluso estaba la frase que decía “Son tan pobres que van a
tener los vasos de la Nocilla hasta en su velatorio”. Cuando España
creció económicamente, tener esta vajilla era sinónimo de subdesarrollo
y exclusión social. Sin embargo, tal y como están las hipotecas, creo
que voy a poner a mis primos a comer como cabrones y de paso ver si se
pueden aprovecharlas cajas de pizza como platos.
Luté. Sommelier de
Kalimotxo y embutidos varios
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