
En un mundo donde los
ordenadores eran solo una pantalla negra con letras y los niños salían a
la calle con 25 pesetas para llamar por teléfono por si les pasaba algo,
no jugábamos únicamente con la consola y los juegos del spectrum. Había
toda una serie de juguetes que todavía tardaría en ceder el trono de la
diversión a la Play y la Wii. No estoy hablando de los muñecos de los
caballeros del Zodiaco, sino del rey de los instrumentos musicales de
los 80…. ¡el maravilloso piano CASIO!Según creo recordar, era blanco
impoluto, pero actualmente, el mío tiene ya un curioso color sepia, como
las cintas de Verano Azul que ponen en la tele. Espero que ardan pronto,
sinceramente.
Si se medía más de metro
veinte, se podían abarcar todas las teclas con una sola mano, pero esas
minúsculas teclas encajaban a la perfección en las manos de un niño,
para desesperación de los padres y demás adultos. La idea era fomentar
el gusto por la música entre los niños y hacerlos más creativos. Pero en
realidad, ni los más astutos ingeniero de Casio pudieron imaginar que su
inocente modelo PT-1, era en realidad un minúsculo instrumento de
tortura camuflado de teclado. Queda para la historia cuantos casos de
maltrato infantil y divorcio ha provocado este artefacto maligno.

La razón de esto es que
aparte de verse como algo para hacer música, nuestra inocente
imaginación lo identificaba como un cacharro para hacer ruido, mucho
ruido. A nosotros nos hacía mucha gracia, pero después de 5 horas
intentando sacar la melodía de algún anuncio de televisión, a papá no
tenía ni puta gana de volver a escuchar “la música de los cojones “otra
vez. Esto quedaba muy claro cuando se observaban las ojeras y los ojos
inyectados en sangre, en lugar de la sonrisa que tenía cuando nos dio el
piano por primera vez.
Para agravar la psicosis en
nuestros padres, el modelo PT-1 disponía de una serie de sonidos
alternativos al del piano, para hacer todavía más insufrible la
existencia de los habitantes de la casa. De paso, se tenía el primer
contacto con el inglés, ya que los botoncitos para cambiar de
instrumento no estaban en castellano. Las opciones eran, de menos a más
nociva, la flauta, “fantasy”, el violín y el famoso “jarpiscór” o
clavicordio.
Así, se podía someter a
todos los visitantes de la casa a la tortura de escuchar varias
versiones del mismo tema. Creo que los sociólogos deberían estudiar este
hecho como el inicio de los primeros remixes… con las funestas
consecuencias que podemos ver en las discotecas cada fin de semana.
Cuando pasaba cierto tiempo
y todos estaban ya acostumbrados a escuchar algún concierto
periódicamente, al niño le podía dar por leerse las instrucciones del
piano y acceder a las opciones realmente destructivas. Con una
combinación de teclas se podía acceder a los ritmos pregrabados de los
que disponía el organito.

Al hacer esto, descubríamos
una nueva serie de estilos musícales con los que se podía acompañar a
nuestras composiciones libres, al más puro estilo “gitano con la cabra”.
Los estilos “bossa-nova”, rock, swing, samba y “rhumba” (juro que está
escrito así) eran más o menos conocidos (y temidos) por todo el mundo,
pero el “march”, “4beat” y el puto “beguine”… ¿que tenebroso músico
ochenteno había creado aquello?
El último botón de todos era
el gualz (waltz), que más tarde se identificó con el vals por alguna
razón. A pesar de que todos ellos sonaban como algo parecido a “tiki
tiki plas”, ofrecían toda una nueva serie de posibilidades para hacer la
vida de los demás, un poco más horribles. Ya no hacía falta sacar la
melodía de nada, se ponía el ritmo y se aporreaban las teclas al gusto.
El producto final resultaba en algo como “Motörhead goes classic” pero
aun más jevi. Aquella fue la primera vez que mi padre practicó el
lanzamiento de pilas por la ventana… y no le culpo por ello, la verdad.
Pasado un tiempo sin piano,
cuando los padres volvían a conciliar el sueño y recobraban la
esperanza en sus hijos, se les devolvía. Error, craso error. El Casio
todavía guardaba en su interior la más peligrosa de sus armas, la danza
macabra. Encima de la tecla que la activaba, solo ponía “demo”, así,
sin más advertencias, ni en letras rojas ni nada… seguro que es
denunciable.
Al iniciarse, yo me quedé
con la boca abierta y a mi familia le empezó a correr un sudor frío por
la espalda, que presagiaba nuevas catástrofes. Esa melodía de 80
segundos era graciosa y pegadiza al principio, las primeras 50 veces,
claro. Al principio se hacía como que se tocaba mientras ésta sonaba y
se nos grababa con la videocámara. Después llegó lo peor. Un dedo rozó
una tecla mientras sonaba la demo… ¡y sonó!

Ya nunca hubo más risas en
la casa, ni más conciertos para las visitas. Todo fue oscuridad.
Escuchar la melodía 50 veces antes de cenar, acompañado del aporte
personal del niño era insoportable. En las paredes de mi casa aún
resuena la voz de mi tío diciendo “no puedo quitarme la puta música de
la cabeza” y cuando le mandé este artículo volvió a fumar, después de 10
años de no encenderse ni un fortuna en las bodas.
Aquella vez fue la segunda
edición del campeonato de lanzamiento de pilas, en esta ocasión, por
aclamación popular y con participantes de toda la familia. Los suspiros
de alivio y los aplausos no dejaban oír los llantos de mis primos y los
míos… pero tampoco les culpo, en serio. Prefiero no comentar los
resultados de añadir a todo esto los botones de subir y bajar la
velocidad de los ritmos, porque tengo pesadillas.

Lo que ahora me asusta, es
que con la nueva moda de resucitar lo retro, hay gente que dicen
llamarse “músicos” que hacen lo que algunos llaman “electronic music”
con ordenadores viejos y órganos de este tipo. Es solo cuestión de
tiempo de que se vuelva a escuchar el “tiki tiki plas” en algún local de
moda y de ahí a los móviles. En ese momento empezará en Apocalipsis.
Los padres lo vieron venir hace tiempo y nadie les hizo caso.
Pablo Luté.
Seguidor y próximo mártir de la música electrónica
Fotos horriblemente
comentadas por Ángel, ojete de Halcón
