Pablo habla
del... Turismo rural (Fotos mal comentadas por
Ángel)
Recientemente pasé
unos días de vacaciones en mi pueblo, buscando la tranquilidad
sin Internet, móvil y solo dos cadenas de televisión. Sin
embargo, al llegar el fin de semana comenzaron a llegar coches
de la ciudad llenos de familias ansiosas de practicar lo que
ahora se llama turismo rural.
En los
pueblos se nota que llegan forasteros antes de verlos cara a
cara. Se conocen los coches, tractores y burros de todos los del
lugar y un coche nuevo no puede traer nada bueno. Lo primero que
los delata es que intentan meterse con el todoterreno o el Audi
por la calle más pequeña del pueblo, por donde solo pasan las
abuelas para ir a la plaza. Lo mejor de todo es que se ponen a
pitar para pedir paso. Entonces la gente se empieza a asomar por
las ventanas y salen a la calle, porque normalmente solo toca el
pito el panadero a eso de las 11 de la mañana cuando hace la
ronda o bien el que viene con la furgoneta de comprar ropa del
Carrefour para venderla en el mercadillo. Claro, entonces, con
todo el mundo mirando, los forasteros se ponen nerviosos y no
saben si ir para adelante, para atrás o directamente tirar el
coche por un barranco.

Después
de este incidente, un par de horas después de lo previsto llegan
a la “casa rural” que han alquilado. Vienen a encontrarse con el
mundo natural y se sorprenden cuando se les cuenta que el agua
caliente va cuando le da la gana y que encender la calefacción
consiste en coger una cerilla, un papel, cuatro troncos y
meterlos en la chimenea. Generalmente, se les enciende el fuego
antes de que mueran de congelación o incendien la casa, porque
se ve que en el Master de la Escuela de Negocios de Harvard no
enseñan como hacer un fuego.
Tarde o
temprano tienen que salir de casa porque el hambre aprieta y
encima no se puede llamar al Telepizza allí en la montaña.
Inmediatamente se ponen “ropa de campo” para pasar
desapercibidos y mezclarse con la gente del lugar. Al minuto de
salir de casa se dan cuenta de que la gente de campo no se viste
en Coronel Tapioca como si fueran de safari a cazar elefantes,
ni llevan chándales fluorescentes de estos que se ven por la
noche en la carretera. Podría ser peor, porque hay alguna que
otra, que piensa que una calle cuesta abajo con adoquines es el
mejor terreno para estrenar los zapatos de tacón que se compró
en el Mango.

Los pobres lo
pasan fatal porque todo el mundo les mira y se creen que es
(solo) por lo que llevan puesto. En realidad la gente del pueblo
les mira porque no les conoce y la verdad es que no tienen nada
mejor que hacer que ponerse a hablar de ellos como si fuesen
unos monos de circo.
Siguiendo las
recomendaciones del dueño de la casa, se acercan a comer a la
fonda o bar que haya por allí. Les impresiona mucho eso de que
solo haya un bar en varios kilómetros a la redonda y si el
pueblo es grande, incluso una habitación (a veces de ladrillo
visto) que sirve de discoteca, o pub, como dicen los modernos.
Al entrar al bar,
nuevo examen de arriba abajo, cortesía de los parroquianos. En
este momento, el cabeza de familia intenta tomar el control y
empieza a comportarse como recuerda que hacían sus padres,
porque como el dice: “yo iba al pueblo todos los veranos”. De
este modo, saluda a todo el bar estilo Pedro Picapiedra, con un
buenos días que suena a “¡Vilmaaaaaa, ya he llegado!”, haciendo
que a la gente se le atragante el chato de vino y que piensen
que los forasteros están mal de la cabeza.

Acto seguido, la
familia se sienta en la mesa y el padre sigue tomando las
riendas de la situación a su manera para no seguir haciendo el
ridículo. Según recordaba de cuando era joven, en el bar del
pueblo no había mas que vino, orujo, cerveza y agua; por lo que
se descoloca cuando el camarero pregunta si los niños quieren
beberse una Coca-Cola.
Pasando por alto
el tema de la bebida, se dice la mágica frase “Queremos que nos
traiga de comer cosas de aquí, de campo, de huerta”. “De campo
y de huerta te vas a que dar tu cuando te cobre 15 euros por
unos huevos fritos”, piensa el camarero .Da igual que se esté en
el mes de Enero y que lo único que quede de la huerta sean
nueces y tomate en conserva. Da igual que se esté en medio de un
secarral y allí lo único que echa la tierra sean cardos y
lagartijas. Por supuesto, si es pueblo del interior prohibido
pedir pescado y si es de costa, la carne ni verla. Todo el mundo
sabe que hay una ley divina que prohíbe pedirse unos calamares a
los que tengan huerto y comer pollo a los que sean pescadores.
Ahí es cuando
hasta el camarero del bar les ha puesto la etiqueta de pardillos
y con una sonrisa maquiavélica les cuenta que les va a traer
unas especialidades de la zona, alegrándose de poder librarse de
una vez de los chorizos secos de la matanza de hace dos años y
del vino que se picó por no tapar bien el barril. Esto también
hay que tener lo en cuenta, porque si se va al pueblo se bebe el
vino de allí, aunque no lo haya y se tengan que meter en la
botella los cartones de Don Simón. Si la comida no está buena y
tiene aspecto de haber sobrevivido a la postguerra, es
simplemente cosa de “no estar acostumbrado a la auténtica comida
de campo”. Alguien debería hacer el experimento de servir suelas
de zapato como si fueran solomillo, a ver cuanto se dejan en el
plato.

Tras sobrevivir a
la comida y a la cuenta, esta gente está preparada para
disfrutar de la naturaleza. Cuando van paseando por los
alrededores del pueblo, se quedan con la boca abierta al ver que
la fruta crece en los árboles y que no sale de las cajas de
plástico del supermercado. Más de uno le ha preguntado a gente
del lugar, que si le podía enseñar un árbol que de patatas o
tomates. Una vez asimilado el concepto de planta-fruta, pasan a
pensar que todo crece de manera silvestre y que no hay nadie que
riega ni lo cuida. Viajar por las carreteras de nuestro país
permite ver como efectivamente nuestros campos están llenos de
árboles de frutas exóticas, sandías, melones, árboles que dan
patatas y los trasvases no existen.
Es curioso porque
a pesar de que esta gente trabaje en una gran empresa y tengan
SU coche y SU apartamento en la playa, piensan que el campo es
de todos y no existe la propiedad privada. Muchos se meten en
los huertos y empiezan a coger toda la fruta de los árboles como
una auténtica plaga de langosta….cosa que suele acabar en peleas
y conflictos con el dueño de las tierras para ver quien le paga
la cosecha. Si nadie les coge con las manos en la masa, la vida
les castiga con una cagalera, porque se ignora que la mayoría de
la fruta se fumiga contra las plagas por mucho que crezca en el
campo al lado del mismísimo Santuario de Lourdes.
Últimamente, los
que no consiguen acostumbrarse al modo de vida local, intentan
transformar el entorno con sus costumbres. Por ejemplo, se puede
citar el Paintball (de los cojones) entre muchas otras. Hace un
tiempo, mientras iba al lado de al bancal de al lado de mi casa
a coger leña, me encontré a un gordo vestido de militar agachado
detrás de una mata de romero, que me pedía que “por favor
saliese del campo, que el grupo alfa iba a descubrir su
posición”. Tuvo suerte de encontrarme a mi y no a un pastor que
le pudiera echar de allí a garrotazos. Como es de costumbre, me
tocó la discusión de “oiga, yo no me voy de aquí que el campo es
de todos”.
Este gusto por el
martirio y las penalidades que gustan de experimentar muchos
urbanitas está yendo mucho más allá, porque tengo entendido que
hay una modalidad de turismo rural en el que la gente PAGA por
ir a coger fruta, ordeñar las vacas, y cortar leña. Pienso
tomarme mi venganza personal contra los que juegan al Paintball
en mis tierras, ofertando un “encuentro total con la naturaleza”
cogiendo oliva a bajo cero en diciembre, solo por 100 euros por
persona y día.
Pablo Luté. Nunca abandonaré Falcon Crest
