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Siguiendo con la temática del artículo sobre el por qué del verde en las escuelas públicas( disponible en esta fastuosa web), me parece imprescindible recordar algo tan importante como los viajes en bus. Ya no se hace la mili, pero todo el mundo ha hecho viajes en autobús cuando ha estado en el colegio. Dentro de ellos, el comportamiento de la manada cambiaba radicalmente y salían aspectos de la personalidad de cada uno que no era posible ver en clase o en el recreo.

Mi escuela era bastante modesta y la mayoría de los viajes no duraban más de media hora, así que no daba tiempo a sacar lo mejor de uno mismo. Pero si hubo algunas ocasiones donde se tuvo que estar varias horas de viaje metidos en un autobús en el que se vivieron momentos muy míticos.

El eterno sufrimiento del cántico del viajero de autobús...

Creo que lo más importante antes de otros detalles, es repasar los roles que adoptaba cada grupo de personas dentro del vehículo. Hasta que se tenían 12 años más o menos, tíos y tías nos separábamos instintivamente los unos de los otros , no sea que se nos pegara algo. Ay, del pobre que le tocara sentarse con alguien del sexo opuesto, ya había cachondeo para el resto del día, entre canciones y demás burlas. Más tarde se comprobó que lo que realmente molaba era sentarse con una tía, pero aún no teníamos hormonas en el cuerpo, así que antes de subirse al autobús, lo más importante era coger un compañero de sitio.

La elección de sentarse más atrás o más delante, dependía mucho tanto del sexo como de las notas y el total de amigos que se tuviera. Había una regla no escrita que decía “niñas/empollones delante y niños/carne de presidio detrás”. Gente no encuadrada en los extremos, se ponía en medio, como siempre. Aparte de una regla, era una recomendación, porque si un pobre gafitas tenía que sentarse cerca de la última fila, podía quedarse sin merienda, dinero, gafas y amor propio a medida que transcurriera el viaje.

Otras culturas, otros viajes en bus

Una vez todos colocados, el viaje comenzaba y a eso de media hora de haber salido, cada uno adoptaba por arte de magia un papel, de acuerdo con su entorno. Algunos (que no todos) los grupos y sus funciones se listan a continuación.

“Llevo un walkman porque yo lo valgo” En un principio, este colectivo estaba formado por tías y era más común que estuviese en la zona centro-delante. Ellas (se creían) que eran más maduras e iban cantando las canciones del maricón de turno de la super-pop o similares, que “estaba super-bueno”. Compartían los auriculares,llevaban la revista a juego y con sus voces hacían el viaje un poco más insoportable para el conductor. Se les pedía que se callaran, o se les tiraba lo que más hubiese a mano. Más lo último que lo primero. La versión chico correspondía a un solitario de la zona media, o a un insconsciente de atrás, que alguna vez se quedaba sin el walkman.

“Orfeón donostiarra” Compuesto exclusivamente por tíos, no llevaban equipo de música, sino que su cuerpo era su instrumento. Entre pedos, eructos y demás sonidos infernales, llenaban la parte de atrás con su música y con un nuevo aroma… los niños están podridos por dentro, mucho antes de empezar con el kalimotxo. Es impresionante ver la cantidad de cosas que se pueden decir eructando. Yo conocía a un tío que decía el abecedario entero sin respirar, con la voz de ultratumba de su estómago. Aunque estaban en la zona trasera, no eran de lo más peligroso que había por allí.

La pesadilla de todo diplomado en magisterio...

Hermandad de la pota” Un arma biológica viviente. Gracias a la red de carreteras del Estado y al Orfeón, había gente que no podía resistir la tentación de dejar parte de si en el suelo, los asientos, su ropa….la de los demás. Cuando se les conocía se evitaba su contacto y desde la primera papilla, eran tratados como apestados dentro y fuera del bus para lo que quedaba de viaje. Se les trasladaba a la zona de delante para no sufrir más sus efectos. Se ponían adrede en la zona media del bus, porque estar delante al potar les hubiera hecho quedarse sin oportunidades con las tías del walkman y estar detrás podría provocar que se tragaran su propio vómito, con la ayuda de la carne de presidio de la última fila. Aún recuerdo la escena, propia de un campo de concentración, de un pobre chaval aguantándose la pota mientras un repetidor le gritaba “¡te vas q comer tu propia mierda como me potes encima, gafón!. Nunca te sientes detrás si no puedes aguantarlo.

Ultras Sur” Las dos últimas filas del bus eran para los chicos malos. Esos sitios se cogían y se conservaban por la fuerza y/o por méritos propios. Los gritos, insultos y barbaridades nunca acababan en aquel lugar. Se solía hablar de pollas, tetas, esas cosas de niños. Algún avispado llevaba siempre una revista porno y entonces era cuando ya empezaba lo duro. Gente enseñando sus partes a sus compañeros y acto seguido a los conductores o a cualquiera que mirase por la ventana. No se les podía soportar, pero le daban alegría al viaje. El acto estrella, eran los concursos de calmantes, que en casa se conocen como “hostias en el hombro”. Demostraban quién era el más duro, pero de vez en cuando acababan en peleas y con el traslado del culpable al lado del profesor. Solían confraternizar con el orfeón, aunque les podían ajusticiar si alguno se pasaba con los pedos. No hay que olvidar que en esa zona también comenzaban las breves pero intensas “guerras de bocadillos” contra las tías o contra el que más apeteciera en el momento. Esto era para mi lo mejor del viaje.

Indefinidos” En la zona media, estaba la gente mundana. No tenían características especiales de ningún grupo, pero se unían a las celebraciones colectivas. En esa zona, aparte de los no alineados y algún antisocial, estaban los famosos “tíos con walkman”, algunos de los cuales acabarían siendo jevis, intelectuales, homosexuales… y también los primeros que se juntaban con las tías, adelantándose a los de las últimas filas.

Chiti chiti bang bang...

Cuando llegaba el viaje de vuelta, era el momento de los cánticos populares y los juegos colectivos. Daban por culo igual que todo lo anterior, pero la gente no potaba ni se tiraba pedos. Los más clásicos eran el “vamos a contar mentiras”( con un claro mensaje contra la sociedad, ejem.) y gracias a Los Simpson, el “viva nuestro conductor”…a más de un pobre conductor le oí “cagarse en nuestros muertos por el viaje que le estábamos dando” al cantarla. Cuando se era más pequeño, se cantaba también la canción de “un elefante se balanceaba”, “el bombero” o “la granja de pepito”. En los últimos cursos, la cosa cambiaba y algunas tías iban llevando sujetador, así que se jugaba a emparejarse, con el mítico “conejo de la suerte” o se cantaba “..en la puerta del colegio(egio)”.

Antes de acabar, quiero hacer una mención especial al pobre conductor que tenía que limpiar todo el autobús cuando nosotros íbamos a casa cantando, más amigos que antes de haber subido al vehículo mágico. No hay que negarlo, cuando mides menos de un metro y medio, subir a un autobús molaba un huevo….y encima estabas un día entero sin lavarte ni hacer lo que decían los padres. Si alguien cree que todo esto es cosa de niño, debe recordar que muchas despedidas de soltero se hacen con unos amigos en un autobús…pero ahora se intenta subir a las mujeres al autobús y no echarlas de el. De los viajes en autobús del Inserso, no pienso hablar, muy turbio.

Pablo Luté. Yo tenía un walkman en medio del autobús

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