Creo que lo
más importante antes de otros detalles, es repasar los roles que
adoptaba cada grupo de personas dentro del vehículo. Hasta que se tenían
12 años más o menos, tíos y tías nos separábamos instintivamente los
unos de los otros , no sea que se nos pegara algo. Ay, del pobre que le
tocara sentarse con alguien del sexo opuesto, ya había cachondeo para el
resto del día, entre canciones y demás burlas. Más tarde se comprobó que
lo que realmente molaba era sentarse con una tía, pero aún no teníamos
hormonas en el cuerpo, así que antes de subirse al autobús, lo más
importante era coger un compañero de sitio.
La elección
de sentarse más atrás o más delante, dependía mucho tanto del sexo como
de las notas y el total de amigos que se tuviera. Había una regla no
escrita que decía “niñas/empollones delante y niños/carne de presidio
detrás”. Gente no encuadrada en los extremos, se ponía en medio, como
siempre. Aparte de una regla, era una recomendación, porque si un pobre
gafitas tenía que sentarse cerca de la última fila, podía quedarse sin
merienda, dinero, gafas y amor propio a medida que transcurriera el
viaje.

Otras culturas, otros viajes
en bus
Una vez todos
colocados, el viaje comenzaba y a eso de media hora de haber salido,
cada uno adoptaba por arte de magia un papel, de acuerdo con su entorno.
Algunos (que no todos) los grupos y sus funciones se listan a
continuación.
“Llevo un
walkman porque yo lo valgo” En un principio, este colectivo estaba
formado por tías y era más común que estuviese en la zona
centro-delante. Ellas (se creían) que eran más maduras e iban cantando
las canciones del maricón de turno de la super-pop o similares, que
“estaba super-bueno”. Compartían los auriculares,llevaban la revista a
juego y con sus voces hacían el viaje un poco más insoportable para el
conductor. Se les pedía que se callaran, o se les tiraba lo que más
hubiese a mano. Más lo último que lo primero. La versión chico
correspondía a un solitario de la zona media, o a un insconsciente de
atrás, que alguna vez se quedaba sin el walkman.
“Orfeón
donostiarra” Compuesto exclusivamente por tíos, no llevaban equipo
de música, sino que su cuerpo era su instrumento. Entre pedos, eructos y
demás sonidos infernales, llenaban la parte de atrás con su música y con
un nuevo aroma… los niños están podridos por dentro, mucho antes de
empezar con el kalimotxo. Es impresionante ver la cantidad de cosas que
se pueden decir eructando. Yo conocía a un tío que decía el abecedario
entero sin respirar, con la voz de ultratumba de su estómago. Aunque
estaban en la zona trasera, no eran de lo más peligroso que había por
allí.

La pesadilla de todo diplomado
en magisterio...
“Hermandad
de la pota” Un arma biológica viviente. Gracias a la red de
carreteras del Estado y al Orfeón, había gente que no podía resistir la
tentación de dejar parte de si en el suelo, los asientos, su ropa….la de
los demás. Cuando se les conocía se evitaba su contacto y desde la
primera papilla, eran tratados como apestados dentro y fuera del bus
para lo que quedaba de viaje. Se les trasladaba a la zona de delante
para no sufrir más sus efectos. Se ponían adrede en la zona media del
bus, porque estar delante al potar les hubiera hecho quedarse sin
oportunidades con las tías del walkman y estar detrás podría provocar
que se tragaran su propio vómito, con la ayuda de la carne de presidio
de la última fila. Aún recuerdo la escena, propia de un campo de
concentración, de un pobre chaval aguantándose la pota mientras un
repetidor le gritaba “¡te vas q comer tu propia mierda como me potes
encima, gafón!. Nunca te sientes detrás si no puedes aguantarlo.
“Ultras
Sur” Las dos últimas filas del bus eran para los chicos malos. Esos
sitios se cogían y se conservaban por la fuerza y/o por méritos propios.
Los gritos, insultos y barbaridades nunca acababan en aquel lugar. Se
solía hablar de pollas, tetas, esas cosas de niños. Algún avispado
llevaba siempre una revista porno y entonces era cuando ya empezaba lo
duro. Gente enseñando sus partes a sus compañeros y acto seguido a los
conductores o a cualquiera que mirase por la ventana. No se les podía
soportar, pero le daban alegría al viaje. El acto estrella, eran los
concursos de calmantes, que en casa se conocen como “hostias en el
hombro”. Demostraban quién era el más duro, pero de vez en cuando
acababan en peleas y con el traslado del culpable al lado del profesor.
Solían confraternizar con el orfeón, aunque les podían ajusticiar si
alguno se pasaba con los pedos. No hay que olvidar que en esa zona
también comenzaban las breves pero intensas “guerras de bocadillos”
contra las tías o contra el que más apeteciera en el momento. Esto era
para mi lo mejor del viaje.
“Indefinidos”
En la zona media, estaba la gente mundana. No tenían características
especiales de ningún grupo, pero se unían a las celebraciones
colectivas. En esa zona, aparte de los no alineados y algún antisocial,
estaban los famosos “tíos con walkman”, algunos de los cuales acabarían
siendo jevis, intelectuales, homosexuales… y también los primeros que se
juntaban con las tías, adelantándose a los de las últimas filas.

Chiti chiti
bang bang...
Cuando
llegaba el viaje de vuelta, era el momento de los cánticos populares y
los juegos colectivos. Daban por culo igual que todo lo anterior, pero
la gente no potaba ni se tiraba pedos. Los más clásicos eran el “vamos a
contar mentiras”( con un claro mensaje contra la sociedad, ejem.) y
gracias a Los Simpson, el “viva nuestro conductor”…a más de un pobre
conductor le oí “cagarse en nuestros muertos por el viaje que le
estábamos dando” al cantarla. Cuando se era más pequeño, se cantaba
también la canción de “un elefante se balanceaba”, “el bombero” o “la
granja de pepito”. En los últimos cursos, la cosa cambiaba y algunas
tías iban llevando sujetador, así que se jugaba a emparejarse, con el
mítico “conejo de la suerte” o se cantaba “..en la puerta del
colegio(egio)”.
Antes de
acabar, quiero hacer una mención especial al pobre conductor que tenía
que limpiar todo el autobús cuando nosotros íbamos a casa cantando, más
amigos que antes de haber subido al vehículo mágico. No hay que negarlo,
cuando mides menos de un metro y medio, subir a un autobús molaba un
huevo….y encima estabas un día entero sin lavarte ni hacer lo que decían
los padres. Si alguien cree que todo esto es cosa de niño, debe recordar
que muchas despedidas de soltero se hacen con unos amigos en un
autobús…pero ahora se intenta subir a las mujeres al autobús y no
echarlas de el. De los viajes en autobús del Inserso, no pienso hablar,
muy turbio.
Pablo Luté.
Yo tenía un walkman en medio del autobús
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