En estos días de corrección política, niños que se suicidan por el acoso escolar, niñas que matan a compañeras para invocar a Satán, jóvenes que le pegan a profesores y lo graban en vídeo, etc, podría parecer arriesgado hacer un artículo sobre días más sencillos -como los de mi niñez- en los que el instituto/cole era un campo de batalla con sus armas, jerarquías, técnicas...

Eso sí, éramos unos animales pero mucho más humanos que los criminales en potencia de hoy en día, al menos casi siempre. Además, aquella guerra, además de ser altamente peligrosa, era muy divertida y te otorgaba un lugar en la "cadena alimenticia" del sistema escolar, que por cierto estaba influido por películas americanas ochenteras de violencia y bandas como "The warrios", etc.

Sin lugar a dadas, la tiza fue el objeto más utilizado en las aulas. Era un arma arrojadiza, munición para armas más complejas, y la sustancia prohibida que todo agente secreto escolar necesitaba para saltarse alguna clase, ya que todo sabemos que esnifar tiza te subía la fiebre. Las clases entre hora y hora, parecían campos de batalla con trozos de tiza por todas partes. Las tiraban los malos de la clase, los empollones y hasta los profesores -algunos con una gran precisión-. Una maravilla de la técnica con su diseño sencillo y funcional. Quien tiene la tiza, tiene el poder...

Pero todo evoluciona, y la tecnología manda. Dos armas de última generación pasaron a dominar la batalla escolar, la cerbatana-BIC, y la goma-ballesta. La cerbatana-BIC consistía en el cuerpo de un boli BIC alimentado por distintas municiones: bolitas de papel chupado, trozos de goma MILAN, pinchos... Su precisión era impresionante, su potencia de fuego letal, y su sigilos envidiable, haciendo que fuera posible su uso durante una clase. La goma-ballesta consistía en una simple goma elástica que era colocada entre los dedos índice y pulgar de una mano de tal forma que se creaba un tirachinas, alimentado por lazos de papel y tizas. La cadencia de esta arma no era muy buena, pero el daño que infligía la hacía temible.

Pero si se quería hacer daño de forma real y nada sutil, había que usar objetos contundentes, como el borrador de madera que muestra la dualidad entre suavidad y dureza. El estuche PELICAN de dos pisos y acabado en plástico duro, mochilas, etc... Su uso en teoría esta prohibido por la convención de la botella de ginebra, pero en mi instituto se llegaron a arrojar cosas como la mesa de profesor por la ventana...

Pero no todo era físico. De hecho había una guerra sucia mucho peor. Estaba formada por la suma de la tortura psicológica y la guerra bacteriológica. Ahora también está muy en boga, pero en aquellos tiempos había grandes expertos en el arte de la tortura mental. A esto se debe agregar el factor "chico repetidor" desaparecido en estos tiempos, que venían a ser los jefes de fase de un Beat'em'up dentro de la clase e infligían su presión para controlar a las masas como si fueran Chávez. Además, nada te salvaba de estos auténticos chicos de la GESTAPO: gordos, delgados, gente con gafas, feos, bajos, altos, con poca afinidad con el agua...  Incluso los que ligaban con chicas eran tildados de afeminados y se les pegaba por riguroso orden de llegada a la salida.

Y si mala es la presión psicológica, la guerra bacteriológica es peor. Todos sabemos el especial ambiente que hay en un aula, y mucho más si es después de una de esas maravillosas clases de educación física. Esos rostros enrojecidos y húmedos, traspirando olor a muerte por cada poro del cuerpo, con ese especial olor que solo puede expeler un chaval de 15 años. Sudor, zapatillas que ansían una plantilla de DEVOROLOR, chándales que se pegan a la entrepierna... Fluidos corporales, tanto líquidos, como sólidos y gaseosos. Siempre había por lo menos un apestoso en la clase, y este daba mucho miedo porque podía agobiarte en cualquier momento...

Ángel Codón Ramos, el último guerrero