Mucho Sprectrum, mucho Monkey Island y mucho Mario
Bros, pero os olvidáis de que la mayor parte de vuestro tiempo
libre y las experiencias de la infancia que nos han marcado
realmente estaban fuera de casa…gracias a Dios. Cuando se es
pequeño se tiene muchísimo tiempo libre y teniendo en cuenta que
no íbamos con mujeres ni de botellón, cualquier aventura gráfica
o programa de televisión no cubría ni la mitad de un día de
vacaciones.
Al no haber resaca ni estar nunca cansados, no nos iba lo de
estar quietos sentados en el sofá o tumbados encima de la cama
pensando. Había que jugar, había que hacer algo para matar el
tiempo porque si no te aburrías como una ostra. La cantidad de
juegos para aprovechar el tiempo es interminable… y yo la verdad
es que sigo sin saber por qué dejé de hacer todas estas cosas.
Esperar el ascensor, que breve momento, casi no da
tiempo de pensar en nada. Pues cuando eres pequeño solo existe
el aquí y el ahora, así que había que aprovechar el tiempo…sobre
todo cuando se vivía en un edificio alto y los vecinos se
quitaban el ascensor unos a otros. La respuesta al aburrimiento
estaba a nuestra espalda, era el hueco de la escalera. Madre
mía, se veían las barandillas de todos los pisos hasta el
portal. ¿Cuánto tiempo tardaba un escupitajo en llegar hasta el
fondo? ¡Qué vivan los concursos de escupijatajos!
Cuando se empezaba no se podía parar, era como jugar
al buscaminas. Uno tras otro, se iba echando toda el agua del
cuerpo a través del hueco de la escalera hasta que nos
deshidratábamos, veíamos el ascensor o nuestro padre nos pegaba
una colleja. La cosa no tenía fin, desde ese momento cada vez
que estábamos en un piso alto, había que escupir por el hueco de
la escalera intentando no dar en ningún pasamanos. A este juego
podían jugar todos y siempre era igual de divertido. Uno se
podía pasar horas viendo como caía la saliva hasta perderse de
vista.
Cuando el “momento escalera” pasaba de moda, llegaba
el momento ventana. Permitía muchos más juegos que el hueco de
la escalera porque era más grande… y se podían tirar más cosas.
Dios, era casi una obsesión cuando eras pequeño. ¿Quién no ha
tenido una época en su vida de tirar cosas por la ventana, para
desgracia de sus padres?
Yo era un niño bueno y solo escupía cuando no había nadie por la
diversión, por ver el charco que hacía la saliva en el suelo a
lo lejos.
Hay mil maneras de pasárselo bien tirando cosas por
una ventana. A veces, echábamos agua porque hacía más ruido,
alguna vez, escribíamos “puta” en todos los folios que
pillábamos y los tirábamos por la ventana. “Puta” era una
palabra superfuerte y cuando los mayores la oían ponían caras
muy raras, así que sin duda era la escogida para estas cosas….lo
de la hostia que me dio mi padre por haberle gastado un paquete
de 500 folios ya es otra historia.
Los más malos pasaban del agua y los folios a cosas
más contundentes que hicieran más ruido. Uno de mi clase le tiró
a su madre media docena de vasos por la ventana para ver que
ruido hacían al caer y otro era muy aficionado a tirar
caracoles, gatos, tortugas y cualquier cosa que tuviera a mano.
Menos mal que no tenía terraza en su casa, porque su abuela iba
en silla de ruedas.
Ir al cuarto de baño es algo bastante anodino, pero
cuando tienes una manguerita entre las piernas que tienes que
usar varias veces al día es mucho más ameno. Cuando eres mayor,
solo juegas a limpiar los restos del que estaba antes que tu con
el chorro, pero antes había muchas más maneras de entretenerse
meando.
Todo el mundo sabe por la práctica, que si se echaba el chorro
en medio del agua, se hacía muchísimo más ruido y un huevo de
espuma. Aburrido de hacer espuma, se podía hacer el concurso de
ver quién meaba desde más lejos. Paso a paso te ibas alejando de
la taza del báter, haciendo cada vez más fuerza. A mi una vez me
pillaron casi en el pasillo. Era una manera precoz de aprender
lo que era una parábola. Para cualquier parvulito es elemental
que apuntando un poco hacia arriba se llega más lejos que cuando
se mea recto. Pobres humanos los que mean sentados, no saben lo
que se han perdido.
No solo la casa era el lugar adecuado para estos
juegos. Muchos de nosotros teníamos que ir al pueblo cada fin
de semana y en aquellos tiempos, la única televisión en color
que había estaba en el bar o en la casa de los ricos. Para
divertirse había que salir a la calle y aunque parezca mentira,
no siempre habían ganas de correr. Como tampoco había escaleras
y las casas eran de un solo piso, lo de escupir estaba
descartado. Aparte, con el frío que hacía, cualquiera se ponía a
mear creativamente.
¡Coño, una piedra!...dijo el Homo Erectus. Estas
palabras también las pensamos en el primer momento en el que
salimos a la puerta del patio. En los pueblos es posible que no
haya ni calles, pero piedras, hay unas pocas y los niños han
jugado con ellas desde antes de inventarse el mango del cazo. No
hablo de tirárselas a la cabeza, que eso dejó de hacerse en
tiempos de nuestros padres (aunque alguna vez…), sino de otros
usos muy distintos.
Lo más clásico era el tirachinas. Cualquier abuelo
te podía hacer uno con una rama y la llanta de una bicicleta en
cosa de 10 minutos y convertirte en un segundo en un niño muy
cabrón. Cuando darle a latas puestas en fila ya era aburrido, se
pasaba a los seres vivos que hubiera cerca. Yo era muy
ecologista y prefería tirarle a las ventanas o las teles viejas
del vertedero antes que a los pájaros o a los gatos, pero mis
primos seguro que extinguieron un par de especies o tres.
Si el pueblo disponía de río o similares, uno de
podía pasar la tarde entera viendo cuantos botes podía dar la
piedra encima del agua antes de hundirse definitivamente.
Costaba unas cuantas horas cogerle el truco, pero con eso ya
había diversión asegurada para siempre. El que ganaba en el
juego era el que más botes conseguía o el que usaba la piedra
más grande para hacerlo.
Hablando de ríos y arroyos… jugar con el agua es
más viejo que el mear y hemos pasado muy buenos ratos jugando
con ella en el pueblo. Aparte de tirarle piedras, se podía tirar
al agua a la gente, con el consiguiente castigo al llegar a casa
y otras muchas cosas. A nosotros nos castigaron una semana, por
jugar a los “castores” y hacer una presa en el arroyo de mi
pueblo para desviar el cauce. Al día siguiente, cuando los
labradores no pudieron regar, se montó una muy muy gorda, que
aún se recuerda por allí.
Se podrían escribir mil libros con las maneras de
matar el tiempo que teníamos antes. Cuando vayáis al bar a
practicar el levantamiento de tercio, pensad que podríais estar
tirándoles piedras a los gatos o escupiendo por la ventana en
lugar de gastando el dinero. En el próximo artículo, más