Una vez repasada la gran experiencia que eran los viajes
en autobús, no se puede pasar por alto la otra gran manera de viajar: el
coche de papá. Cuando no existían las líneas de bajo coste, volar solo
se lo podían permitir señores con traje, familias de classsse alta,
futbolistas, músicos y folclóricas.
El 90% de la población se hacinaba como
podía en un coche, únicamente con dos posibles destinos. A) la playa B)
el pueblo. No había cosas de esas de turismo rural ni rutas en velero.
Tradicionalmente la fecha elegida para estos viajes era el verano, que
gracias a las agradables temperaturas del clima mediterráneo hacía
todavía más fantástico el trayecto (como veremos a continuación).
La DGT (si existía) no hacía aún campañas
gore como ahora y la protección al conductor se reducía a la maravillosa
pegatina en el salpicadero de “papá, no corras” o simplemente la señora
en el asiento del copiloto con lo de “levanta el pie, a ver si va a
marear mi madre”. En efecto, antes de estas leyes modernas del divorcio
y las residencias de 3ª edad, los abuelos solían formar parte del
equipaje a incluir en los viajes… como si tener a dos niños detrás no
fuera suficiente.
Siguiendo con el tema de la seguridad al
volante hay que recordar varias cosas que ahora resultan inconcebibles y
que costarían entre 50 y 100 puntos menos en el carné. El número de
pasajeros máximo de un coche era una simple recomendación. Los 5
pasajeros permitidos actualmente, no se ajustaban al tamaño de las
familias y no todo el mundo disponía de una furgoneta de repartir el
pan para sus vacaciones.
La disposición típica de los ocupantes del
vehículo era, como la alineación de un equipo de futbol:
-Papá
al volante (pantalones cortos, sandalias, bigote, cafeína y mala leche)
-Mamá
de copiloto con el mapa, un niño en las rodillas haciendo de airbag y
las provisiones para el viaje. Lo del mapa ha puesto a prueba a más de
una pareja…quien diga que no, es adoptado
-
Abuelos, niños y mascotas detrás, haciendo de coro y expresando sus
emociones para disfrute mayor del conductor.
-¡La
baca! Este artilugio se merece un artículo por si solo (me lo pido).
Emulando a McGuiver, con unas cuerdas, paciencia y las recomendaciones
de una esposa sensata, un padre podía crear un segundo maletero sobre el
coche. ¿Cuántos muertos habrán causado en las carreteras las maletas que
vuelan desde la vaca a los coches que van por detrás?
Una vez organizado el equipaje, normalmente
tras la primera bronca con entre los padres, la familia se disponía a
comenzar el viaje. La hora elegida era “a la que los niños no den mucho
por el culo”, así que cualquier padre prefería mil veces levantarse a
las 6 de la mañana por tener un par de horas de silencio en la
carretera…aunque fuera funcionario.
Inevitablemente, los niños se despertaban.
Por mucha disciplina y colegio de pago, éramos unos monstruos
insufribles causa de suicidio, depresiones, divorcio y alcoholismo. En
aquel momento, la travesía por la famosa N-301 (Ocaña –Cartagena),
comenzaba a ser un infierno. Me río yo de la ruta 66 de los cojones.
Las inocentes preguntas de los niños, eran
más hirientes que cualquier interrogatorio de la guardia civil (otro
agradable personaje en los viajes). ¿Dónde estamos? ¿Cuánto falta, papa?
¿Por qué no adelantas? “Ese tiene un coche mejor que el tuyo” “Tengo
sed/pis/hambre/calor” “Luisito me ha pegado” Si se dicen estas frases
muy deprisa, se puede conseguir un ataque sicótico en cualquier hombre
de mediana edad. Comprobado. Mucho mejor que el éxtasis o el brandy
A la décima repetición de estos comentarios,
papá se daba la vuelta (y seguía conduciendo sin mirar) y amenazaba con
vendernos en el primer circo que apareciese. El efecto de esto podía ser
el acojone masivo, que solía durar 10 minutos o bien el llanto
generalizado. Esto era como salir de la sartén para caer en las brasas.
Mi padre llegó una vez a cumplir la amenaza de “parar el coche, darnos
un guantazo y dejarnos en la carretera”, tras un concurso de canciones
de los pitufos entre mi hermano y yo. La cosa funcionó para el resto del
viaje y a mi padre se le quitó la vena hinchada de la frente.
Si el padre no quería perder la atención en
la carretera, los cálidos brazos de una madre se extendían como los del
hombre de goma y llegaban hasta el rincón más apartado de los asientos
traseros para “que nos calláramos de una puta vez”. Los fabricantes de
los DVD estos que se ponen en los reposacabezas para que los niños vean
pelis han hecho más a favor de la familia que cualquier campaña de la
conferencia episcopal…el tiempo lo dirá.
Si el viaje era al pueblo, la amplia red de
carreteras comarcales del estado, proporcionaba otro tipo de diversiones
totalmente inolvidables. Es el momento para recordar, que en la parte de
atrás del coche no había cinturones de seguridad. Unido a que la mayoría
de los pueblos estaban en una lejana colina y a la presencia de la
abuela, aseguraban espectáculo para las dos horas que llevaba recorrer
los 80 kilómetros desde que se salía de la carretera nacional. No, no
había demasiadas autovías.
Cuando había tres o más seres vivos en la
parte de atrás, los que estaban al lado de las puertas sufrían toda
clase de aplastamientos, por obra y gracia de la fuerza centrífuga. A
mis padres les llegó al hospital más de una rotura de cadera en
jubilados por este motivo. Cuando por el contrario solo había dos
ocupantes o menos, a volar se ha dicho. Se salía disparado a uno u otro
lado. Al principio era divertido y mi hermano y yo jugábamos a volar por
la parte de atrás del coche cada vez que se tomaba una curva. La cosa
acababa cuando alguno se daba una hostia con la manivela de bajar las
ventanillas o cuando las risas y los gritos provocaban otro ataque de
ira a mi padre.
Como se ha mencionado al principio, el mareo
de la abuela era tan obligatorio en el viaje como parar a echar
gasolina( normal, 95 octanos. No se inventó la sin plomo) Ahí empezaba
el “ Pepe, para que mi madre se ha mareado” “¿ Que pare aquí?, ¿ahora?.
En el barranco voy a parar y os voy a tirar a todos abajo. A tus hijos
los primeros” Después de la enésima discusión se solía parar el coche,
porque los hijos pueden dar por saco, pero tener a la mujer (con su
madre) de morros el resto de las vacaciones es mucho más temible.
Mientras la abuela tomaba el fresco, los
niños aprovechaban para explorar el entorno y divertirse un poco
corriendo por en medio de un bancal, escupiendo a los coches, meando en
la carretera, sacándole el dedo a los demás conductores… lo más
apropiado para el estado de ánimo de un padre.
Inevitablemente, el viaje llega a su fin y
los “mayores” aprovechaban para descansar del viaje el resto de las
vacaciones, porque parece ser que todo ese calvario era preferible a
quedarse en la ciudad el verano… aunque yo no estoy tan seguro
Pablo. Papá, yo
rompí el seguro de la puerta de atrás del Renault 11